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Después de haber concluido los estudios y cuando ya era profesor de la asignatura de Guión de ficción en el CUEC, resulté triunfador del primer concurso del Programa de Superación del Personal Académico con el proyecto titulado Tras el horizonte, adaptación del cuento El hombre del propio Juan Rulfo, para dirigir un mediometraje cuyos objetivos serían: proponer nuevas alternativas expresivas del lenguaje audiovisual y plantear otra manera de aproximarse al imaginario mexicano. Tal búsqueda constituirá el punto de partida para definir mi concepción estética e iniciar mi trayectoria profesional. Por supuesto, para sustentar dicho proyecto, antes había analizado la obra de Rulfo desde la perspectiva de la dramaturgia, y ello me había permitido descubrir sus temas obsesivos y su verdad emocional.

Así, a partir del universo rulfiano habitado por caracteres contradictorios y complejos, agobiados por sus pasiones, en el que no existen héroes ni villanos y en donde todos son víctimas y victimarios, prisioneros de circunstancia y de la condición humana; del profundo respeto del escritor hacia sus personajes, a los que nunca justifica ni condena, y de su respeto al lector, al que nunca chantajea sentimentalmente; y de su estilo ya anunciaba el arte minimalista; diseñé el estilo de Tras del horizonte, una propuesta radical y ascética a contracorriente de las convenciones de tema y forma del cine nacional comercial, que más adelante sería la plataforma para realizar Los confines.

Como no tenía el gusto de conocer a Rulfo, debía contactarlo para que autorizara la filmación de los dos proyectos, pero el encuentro ocurrió de la manera más inesperada e impensada. Quizá por eso hay quien afirma que todo encuentro casual es una cita con el destino. Soy un melómano y de vez en cuando me daba una vuelta por la librería El ágora -ya no existe, estaba ubicada en la Avenida de los Insurgentes casi esquina con Barranca del Muerto- para comprar algún disco o un libro sobre cine. Una tarde le pedí al encargado del departamento de música que me permitiera oír una nueva versión del Concierto nº 23 para piano y orquesta de W.A. Mozart. Y cuando escuchaba embelesado el 2do. movimiento, un adagio amoroso y melancólico, a mi espalda alguien comentó: “¡Qué música tan bella!”. Sintiéndome halagado porque otro compartiera mis gustos, volteé a verlo de inmediato: era un hombre mayor, sentado en un banco alto, que tomaba una taza de café, silencioso y meditabundo, en quien no había reparado. Y al ver su rostro no pude evitar decirle de manera espontánea: “Usted se parce a Juan Rulfo”. El encargado se me quedó mirando con una sonrisa de satisfacción y de reproche, y me corrigió con amable severidad, como si fuera el escudero: “No se parce, es el maestro Rulfo”. Para salir airoso de tan bochornosa situación y aprovechar el providencial encuentro, le hice plática apoyándome en mi elemental conocimiento de la música y lo enteré de mis proyectos. Debo aclarar que originalmente uno de estos alternaba la “ficción” y la “no ficción”, y que me pretendía incluir algunas secuencias sobre la vida cotidiana del escritor, pero que él se negó rotundamente a ello. Me dijo con absoluta franqueza que le desagradaba que se metieran en su vida privada y que para conocerlo, bastaba con leer su obra. Pero mostró interés por mis adaptaciones. Finalmente, luego de concertar una cita y de que él se hubo retirado, el encargado me comentó con orgullo, que por las tardes, después de salir de su trabajo, el maestro acostumbraba tomar café en la librería.

Tuve el placer de conversar con él dos ocasiones en su austera oficina del Instituto Nacional Indigenista. La primera le entregué los guiones de Tras el horizonte y Los confines, y escuchó mi propuesta fílmica con curiosidad. Luego se quejó del mal trato que había recibido de los productores de cine que habían adquirido los derechos de algunas de sus obras, y de que los guionistas habían traicionado el sentido de los relatos. Coincidí con su punto de vista y rememoramos la primera versión cinematográfica de Talpa, dirigida por Alfredo B. Crevenna (1955), en la que se condena con una visión moralista la relación amorosa del protagonista con su cuñada, así como la muerte de Tanilo propiciada por ambos; mientras que en un atroz remordimiento, alcanzan una grandeza trágica por haberse atrevido a vivir su pasión, más allá de la moral convencional. También me comentó que no había quedado conforme con la producción de Pedro Páramo, dirigida por Carlos Velo (1966), ya que el productor se había empeñado en seleccionar actores jóvenes para que interpretaran a Pedro Páramo -John Gavin- y a Susana San Juan -Pilar Pellicer; siendo que en la novela estos personajes tienen, en el tiempo presente, más de sesenta años; y cuando muere el padre de Susana y que Pedro por fin puede llevarla a vivir con él, ella, el amor irrealizado de su vida, ha enloquecido y la relación es imposible. Concluyó la conversación recordando con un dejo de resentimiento, que la vez que lo llevaron al rodaje de un guión suyo para que modificara los diálogos sobre la marcha, el productor no le permitió salir del hotel para presencial la filmación.

La segunda vez que nos vimos, me dijo que ya había leído los guiones; que no entendía de términos técnicos cinematográficos, pero que le gustaban porque respetaba el sentido de los cuentos; que no tenía ninguna corrección que hacerme y que le interesaba ver el resultado de mi propuesta derivada de su estilo literario. También me confió con pesar que había quemado los originales de su segunda novela, que llevaría por título La cordelera, debido a que los personajes se le habían escapado de las manos, y me citó la siguiente semana para darme el oficio con su autorización.

Pero cuando regresé, su secretaria -una señora guapa y atenta, llamada Iraís, que le tenía una gran admiración- me informó que lo habían hospitalizado a causa de su enfisema pulmonar y me entregó la tan ansiada autorización. Ya no nos volveríamos a ver. Con el apoyo del Departamento de Actividades Cinematográficas de la Dirección General de Difusión Cultural de la UNAM, me dediqué a conseguir los recursos financieros complementarios y los apoyos necesarios para hacer realidad los dos proyectos. Luego transcurrieron cuatro largos años de esfuerzo y de graves dificultades económicas, uno para terminal la producción de Tras el horizonte y tres para filmar y concluir Los Confines. Y para entonces, el maestro Rulfo ya había fallecido.

Fue el 4 de noviembre de 1987, cundo finalmente se estrenó el largometraje en la sala José Revueltas del Centro Cultural Universitario de la UNAM. En esa ocasión tuve el honor de que me acompañara Clara, la viuda de Juan Rulfo, y Juan Carlos, su hijo menor, quien al final de la proyección me hizo el mejor comentario: “Ahí está mi papá”. Esa misma noche, ya de regreso a casa, María Esther, mi esposa, le agregó al comentario: “También estás tú”. Y tenía razón. Ella que me conoce bien, hizo que recordara la razón que había sostenido mi empeño por realizar contra viento y marea Los confines, aquello que legitima la adaptación fílmica de una obra literaria: la identificación de la verdad emocional del realizador, con el escritor. Era evidente que Mitl Valdez podía ser el Coronel de Diles que me maten ordenando sin piedad el fusilamiento de aquel que lo había dejado sin padre; el Juvencio Nava que lucha por sobrevivir, que asesina de manera inmisericorde y que se pasa la vida huyendo de la justicia y de la muerte; o el protagonista de Talpa, amante apasionado de Natalia, dispuesto a cualquier cosa por su amor; o el Juan Preciado de los tres fragmentos de Pedro Páramo, que busca el camino, que cree entenderlo todo, pero que no entiende nada.

Y estaba en lo cierto porque, a pesar de todo, había logrado mi objetivo: formular y plasmar una concepción estética propia que, no obstante haberse nutrido de la cosmovisión de Rulfo, respondía a inquietudes muy personales acerca de la sintaxis fílmica que me ocupaban por aquel tiempo, como la connotación a través del espacio fuera de cuadro y de las elipsis, asunto sobre el cual había realizado una investigación; o el empleo de los emplazamientos de la cámara subjetivos para situar al espectador en el huracán de las acciones e identificarlo emocionalmente con el protagonista o el antagonista.

 

Ahora, catorce años después de haber dirigido Los Confines, y cuando el cine hollywoodense parece haber llegado a su punto culminante en cuanto a efectos especiales y espectacularidad se refiere, seguido muy de lejos por cierto cine mexicano que supone ser de calidad porque remeda esa facultad artificiosa y grandilocuente; y ahora que trabajo en el guion de mi tercer largometraje; sin ninguna duda ratifico los principios que sustentaron la realización de mis adaptaciones de la obra de Rulfo, convencido de que el cine arte e el de expresión personal que abreva en nuestra realidad y rica tradición cultural; que es riguroso en el desarrollo de los temas; que respeta la inteligencia del espectador porque no lo engaña con efectos especiales ni sentimientos ni chistes baratos; y sobre todo, que alienta la invención. En suma, el cine que no se degrada para gustar, sino que recupera el sentido ritual del arte para que el hombre se mire y humanice.

 

Mitl Valdez

Fragmento de las notas escritas con motivo del homenaje,

que el Instituto Nacional de Bellas Artes, le rindió en el 2001 a Juan Rulfo

México D. F., a 25 de noviembre de 2001.

LOS CONFINES Y JUAN RULFO

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